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jueves, 12 de julio de 2018

LA LEYENDA DE CRISTIANO RONALDO

No por sabida ha dejado de sorprender al mundo del fútbol y concretamente dejar noqueado presumiblemente a corto plazo al madridismo la salida de Cristiano Ronaldo

Antonio Blanca

Como en el cuento de Pedro y el lobo, así se oía sonar el agua del río, Ronaldo se iba, una más, otro período canicular en la que la historia de amor de verano amenazaba con quebrarse, mas esta vez era verdad. Este río llamado Cristiano Ronaldo no lleva agua, lleva un torrente que arrambla con todo. Principalmente, con nueve años que han cambiado la Historia del Real Madrid. El equipo de los “futbolistas-nación” pierde a la superpotencia, al músculo ganador. Con Sergio Ramos y con Luka Modric, Cristiano Ronaldo formaba el Big Three. A una Copa de Europa con el Madrid de igualar a Di Stéfano, Ronaldo (tiene ya 5) se va recortándose la silueta oscura de su figura en el marco de la puerta del Bernabéu, haciéndose cada vez más pequeñito mientras monta a caballo enfilando Monument Valley, como John Wayne al final de Centauros del Desierto.

Por todo ello, conviene recordar lo que era el Madrid en el verano de 2009. Una institución que estaba, como decía don Manuel Ruiz de Lopera del Real Betis, “en la UVI”. Le estaba atropellando el camión de la historia, conducido por Messi. Debajo de sus ruedas había acabado tras la borrachera de Ramón Calderón, que duró dos años. Por el medio se había ido dejando a jirones su prestigio y su orgullo, en el campo y en la tribuna. El edificio amenazaba con derrumbarse. Llegó Florentino Pérez en la segunda fase de su mandato. Con el superlativo empresario llegó Ronaldo.

Con Cristiano, el Madrid se negó a perder, el portugués que tiene ADN blanco, enarboló dicha bandera. Perdió mucho, no obstante. Pero la causa de aquello, en esencia, fue la negación previa. El Madrid no se rindió. Los primeros años fueron terribles, persecución a Mourinho incluida. Probablemente determinaron el carácter del equipo cuando llovieron los laureles del triunfo. La rebelión que representó el segundo florentinismo se encarnó en Ronaldo porque no había nadie mejor, no era posible transubstanciación más perfecta: un tipo orgulloso, indomable, excéntrico en su grandeza, que se quiere por encima de todas las cosas y que anhela dominar confiando hasta el extremo de un demente en sus propias posibilidades.

Cristiano es el reflejo que devuelve el espejo del Real Madrid. A lo mejor por eso el madridismo del Bernabéu nunca lo integró del todo, nunca lo hizo suyo, hasta hace un par de años, donde el coliseo merengue se rindió para los restos a su ‘7’. Ronaldo se parece demasiado a la camiseta blanca, es casi un calco de lo que esconde el espíritu del madridista. Una animalidad agresiva, un ansia feroz por conquistar y destruir que, a veces, no resulta agradable ver materializado en algo tan físico, tan completo, tan tangible y reconocible. Cristiano es, en carne y hueso, el desiderátum nunca del todo satisfecho de una afición que ama vencer como el caníbal el olor de la carne y de la sangre humana. Cristiano es el retrato que Velázquez hizo de Inocencio X. Troppo vero.

Ronaldo se marcha con una media de más de un gol por partido, y ha jugado 458 ni más ni menos con la zamarra blanca. Ha despojado los récords de todo significado más allá del estadístico, ha destruido la mitología de los números porque ha conseguido algo mucho más importante en la alta literatura del fútbol mundial, que es la presencia. Esto se ha visto especialmente bien durante los últimos tres años, sobre todo esta temporada pasada. Cristiano caminaba sobre una alfombra y los rivales asentían con aprensión protegiéndose instintivamente del hachazo. Incluso cuando no jugó bien su nombre condicionó la mentalidad de los adversarios: en Lisboa y en Milán con el “Cholo”, en Múnich y Madrid con Heycknes, en Kiev con Klopp.

Cuando Ronaldo abandonó al subcampeón de Europa para venir al Madrid ya era balón de oro y campeón de una competición en la que el Madrid no superaba los octavos de final desde hacía cinco temporadas. Se puede aventurar que, a medio y naturalmente largo plazo, él pierde más tomando la decisión de marcharse a la Juventus de Turín. Parece, del mismo modo, evidente que el Madrid pierde mucho en el corto plazo. Muchísimo. También es sencillo presumir que su decadencia está próxima porque tiene 33 años y cumple 34 en febrero. Era fácil decirlo en 2016. Ronaldo lleva tres años muriendo en otoño y resucitando en los albores de la primavera. Sus últimas tres temporadas han destruido todas las ideas preconcebidas que campaban a sus anchas en el mundo del fútbol sobre la vejez de un deportista profesional, su decrepitud, su fosilización, su inutilidad. Han sido un desmentido detrás de otro. Ronaldo ha ido haciéndose mejor a cada año, con una profesionalidad inmanculada; con cada pérdida de alguna de sus habilidades innatas adquiría otra nueva, más letal, más pulida, más efectiva. Ya no dribla, casi no centra, participa cada vez menos en el desarrollo del juego y marca, efectivamente, menos goles: pero cada vez resulta más mortífero cuando está temblando el mundo y la Historia, sentada en su diván de mármol, mira y juzga.

No se sabe por qué motivo Ronaldo dejó de estar contento en el Madrid y pidió el traspaso. Quizá con los años afloren las razones. Se puede especular. Florentino, quien tanto acude al legado de Bernabéu, consiguió su Di Stéfano y ahora, también, su cisma. Las dos grandes personalidades de la Historia moderna del Madrid, junto con Zidane y Ramos, han chocado como en su día chocaron las del Madrid viejo. El Madrid de Zidane se miró tanto en el antiguo retrato que ha terminado mimetizándose incluso en las despedidas. Dicen que Di Stéfano tomó como un agravio personal el ofrecimiento que le hizo Bernabéu de crear un cargo nuevo ad hoc para él, el por entonces inédito de general manager, al orgullo del gigante le ofendió que lo considerase inválido para la competición cuando todavía tenía dos piernas y venía de disputar otra final de la Copa de Europa. Los genios tienen un laberinto dentro del pecho y a veces el hilo de Ariadna con la que se sujetan al mundo, simplemente, se rompe.

En el día de San Crispín los ingleses vencieron en Francia y le regalaron a Shakespeare la batalla de Agincourt. De ella salió el discurso de Enrique V. Éramos pocos, éramos felices, éramos hermanos de sangre. El día en que Cristiano Ronaldo abandona el Real Madrid uno se acuerda no de las cuatro finales de la Copa de Europa, la Tierra Prometida por la que cada uno de los madridistas sobre la faz de la tierra soñaba el día de su presentación (con el triplete de Messi y Guardiola aún caliente). Se acuerda, en cambio, de un miércoles santo del año 2011, apocalíptico. Una noche poco relevante en 116 años de historia de un club. Una noche sencilla, una final de Copa. ¡Cuántas finales de Copa no ha jugado el Madrid! Sin embargo, no fue una cualquiera. Fue el principio de algo hermoso, y terrible, algo que el martes 10 de julio de 2018 se terminó, una década salvaje que salvó al Madrid de la benfiquización y lo devolvió a la senda del liderazgo en el nuevo siglo, el que iba para siglo de Messi, de Abramovich y de las petromonarquías del Golfo cambió su sino, grabando a fuego en la historia el Real Madrid de Cristiano Ronaldo, posiblemente el mejor equipo de la mayor institución deportiva de toda la historia con el permiso de ese Madrid de otros tiempos de Bernabéu, Di Stéfano y Gento. Aquella final de Copa en Valencia fue cuando Ronaldo vertió su sangre junto al resto del pueblo madridista en armas, haciéndose hermano suyo, para siempre, la leyenda había nacido, hoy ya lo es.

YA ES LEYENDA BLANCA

Aránzazu Gálvez

Tocado, no hundido, así está el Real Madrid a día de hoy, y como no, el madridismo. El equipo merengue que ya había superado la despedida de Raúl, Roberto Carlos, Zidane o Hierro, la de Casillas, Redondo, Ronaldo Nazario o Figo, la del “Buitre”, Puskas y hasta la del mismísimo Di Stéfano, a buen seguro que superaría la que, creo, es la más dura de todas las que este club ha vivido en su historia: la de Cristiano Ronaldo.

Costará desde luego, sobre todo a corto plazo, ya que es posible que no se vuelva a ver a otro Ronaldo, por lo que el Madrid de Lopetegui habrá de coserse la gigantesca herida y hacer un equipo sólido que aspire a minimizar lo que el ‘7’ deja de aportar al club, que es muchísimo.

Se marcha el mejor jugador de la historia reciente del Real Madrid y, puede que sin el puede, el mejor delantero de la historia del fútbol mundial. Deja el club más grande del planeta el jugador más grande que existe y lo hace por más dinero que costó, nueve años después, con cuatro balones de oro, cuatro Copas de Europa, ciento veinte asistencias y cuatrocientos cincuenta y un goles. Más que cualquier otro porque, no tengan ninguna duda, no ha habido otro igual.

Se marcha un genio del balón con el instinto goleador más feroz que ha existido y, posiblemente sin el posible, jamás volverá a existir. Se va del Real Madrid un animal competitivo que siempre quiso más y que entendió que en este club el ayer ya no importa y que únicamente el hoy es lo que marca la agenda. Deja la entidad más importante del panorama deportivo un profesional intachable y el hombre sobre quien se ha cimentado un equipo de leyenda. Decimos adiós a un jugador irrepetible que, sin embargo, creo que se equivoca marchándose por la sencilla razón de que quien aspira a ser el mejor jugador del planeta jamás debe conformarse con algo que no sea jugar en el mejor equipo del universo.

En el fichaje de Cristiano todos ganan y todos pierden, por muy difícil que eso parezca. La Juventus se lleva a un jugador descomunal, pero paga por él ciento y pico millones de euros a sus treinta y cuatro años de edad. El Madrid recibe más de lo que pagó hace diez años por un tipo sobradamente amortizado, pero deja escapar a un emblema del club que le aseguraba una cifra no menor de cuarenta goles por temporada. Y Cristiano gana más dinero, más protagonismo y la posibilidad de conquistar un nuevo país tras hacerlo con Inglaterra y España, sabiendo, eso sí, que se marcha de la mesa del rey de reyes para sentarse en la de un príncipe italiano que aspira, con mucha suerte, a ganar la tercera Copa de Europa de su historia.

Al madridismo a día de hoy, le queda la amarga despedida, llorar la marcha del que ha sido buque insignia de una de las mejores plantillas de la historia y agradecerle fervientemente todos los servicios prestados. Queda el orgullo de haber visto jugar a Ronaldo y el placer de volver a visionar todos sus goles: aquel de cabeza en la final de Copa, ese otro en el Camp Nou tras asistencia de Ozil, los dos a la Juve en la final de Cardiff, la maravillosa chilena en Turín… y tantos y tantos más.

viernes, 23 de agosto de 2013

EL BERNABÉU SE RINDE A SU CAPITÁN

Aránzazu Gálvez

Raúl González saboreó los últimos minutos con la camiseta del Real Madrid en un Trofeo Santiago Bernabéu convertido en homenaje a una leyenda del madridismo, que desbordó emoción y reconocimiento de la afición en la despedida que merecía un jugador de época, que volvió a marcar de blanco.

El tiempo no pasa por él. Tres años después desde que Raúl decidió poner punto y final a una etapa de 16 años de su vida, marcharse del Real Madrid y probar aventuras fuera de España. Conocer otras culturas, extender su leyenda. Vestido de blanco, de nuevo con el 7 a la espalda y el brazalete de eterno capitán, demostró que a día de hoy seguiría teniendo minutos.

No aceptó pasar a un rol de secundario, dejar de ser indiscutible, y su despedida fue precipitada. El Real Madrid le debía una a su altura. Había llegado el momento. Raúl vivió una noche que jamás olvidará. El mundo del fútbol a los pies de un deportista que siempre dignificó su profesión. Un jugador ejemplar.

En tiempos en los que los valores del madridismo pasaron a un segundo plano, reapareció Raúl para representar todos sobre el campo. Un ejemplo a seguir por su máxima entrega en cada partido, independientemente de su enjundia, por su respeto al rival, su hambre insaciable, su esfuerzo en cada acción. 
El espejo donde mirarse para cualquiera que sueñe con ser futbolista.
Disfrutó de cada segundo de su día, lo saboreó sintiendo que eran los últimos instantes sobre el césped de un templo que nunca olvidará sus goles. Y se fue haciendo lo que le convirtió en leyenda, marcando. 
 Además un golazo. Mató un pase de Di María con un control en carrera previo a un zurdazo a la red.

Con el mismo hambre de siempre, Raúl estaba en todas las acciones de ataque. Lanzando desmarques, presionando, siempre atento a esos rechaces que tantos goles le dieron. Comenzó fallando. Como el día de su debut en La Romareda. Un pase al hueco de Di María y otra 'delicatessen' del argentino con el exterior.

En plena fiesta y reconocimiento a un futbolista la afición del Bernabéu señalaba a otros. A los silbidos a Benzema del estreno liguero se sumaron los dirigidos a Kaká. La afición no respetó el día y mostró al brasileño que no puede quedarse otro año más.

Lo peor llegó cuando el debate de la portería llegó a la grada. Cuando el estadio coreó a Iker Casillas, un fondo respondió cantando a Diego López. Fue interpretado como provocación. La guerra estaba servida y los dos porteros recibieron silbidos de su propia afición.

Raúl silenció todo y acaparó los focos. Hasta Cristiano Ronaldo, que le cedió el 7 y jugó con el 11 reservado para Gareth Bale, cedió el protagonismo al eterno capitán. Di María, con ganas de reivindicarse, probó al portero Saad Al Sheeb.

Poco antes del último gol de blanco de Raúl. Lo celebró como cuando eran oficiales, desbordando alegría y señalando el dorsal y su nombre como en los viejos tiempos. La emoción invadía el palco del Bernabéu, donde su familia no contenía las lágrimas y sus hijos comprobaban quién fue su padre y el cariño que deja en una casa a la que pronto volverá en otras funciones.

Hasta intentó marcar de chilena gozando cada instante de una primera parte que se agotaba. La cerró con dos detalles para el recuerdo, devolviendo el brazalete de capitán a Iker, que pasa por sus momentos más extraños en el club, y regalando su camiseta a Cristiano. Diciéndole: "este siete tiene dueño y eres tú". El portugués tendrá un reto cuando renueve: alcanzar el número de goles con el que se fue Raúl, máximo artillero de la historia del Real Madrid.

El Trofeo Santiago Bernabéu no tenía nada en lo deportivo. La clara superioridad del equipo español sobre el catarí era patente. Un disparo del brasileño Leandro, un testarazo de Hassan y algún intento de Raúl cuando se enfundó la elástica de su actual club fue todo el balance ofensivo.

Por el Real Madrid hubo jugadores que tomaron en serio el partido. El que más Benzema, que ha captado el mensaje. Por su esfuerzo transformó los silbidos en aplausos y volvió a marcar. Hoy de penalti.
Jesé Rodríguez saltó con muchas ganas de demostrar y a horas de que se oficialicé el fichaje de Bale, dejó jugadas que muestran su clase y dos gol repletos de calidad. El primero con un derechazo con intención cruzado ajustado al poste, el segundo engañando a rivales en carrera y marcando a puerta vacía. Otra perla de la cantera como fue Raúl por la que se debe apostar.

Isco Alarcón, de nuevo de cabeza, también había marcado tras una buena jugada con pase perfecto de Carvajal que también provocó un penalti. El resultado era lo de menos. Era la noche de Raúl, el día que el madridismo despidió como se merece a uno de sus iconos. Su imagen junto a todos los títulos que ha conquistado explican una leyenda que los años seguirá engrandeciendo.