martes, 17 de mayo de 2016

HINCAR LA RODILLA POR PRIMERA VEZ

Jaime Trevijano
En 2015, el Sevilla se convirtió en el primer y hasta la fecha único club en ganar cuatro títulos de la Copa de la UEFA-Europa League. Un hito que puede igualar en este 2016 el Liverpool, rival del propio Sevilla en la final de este miércoles 18 de mayo, que se celebrará en el estadio St. Jakob-Park, en Basilea. Si gana el Sevilla, sumaría se tercer entorchado consecutivo y, con cinco trofeos, marcaría más distancia con Liverpool, Inter de Milán y Juventus, los equipos que tienen tres Copas de la UEFA-Europa League.
Pero una cosa que sucederá seguro será que uno de los dos finalistas de esta edición de la Europa League será subcampeón por primera vez en su historia. Y es que tanto Liverpool como Sevilla han ganado las siete finales de la competición que han disputado. El Liverpool venció en 1973 al Borussia Mönchengladbach y en 1976 al Brujas, en 2001, en la más dolorosa para los aficionados españoles, doblegó al heroico Alavés.
El Sevilla, por su parte, venció en las final del 2006 al Middlesbrough F. C. y en la de 2007 al Espanyol, convirtiéndose en el segundo equipo, tras el Real Madrid, en sumar dos títulos consecutivos. Gesta que repitió en 2014 y 2015, al tumbar al Benfica y al F. K. Dnipro Dnipropetrovsk, respectivamente.
Si el Liverpool gana el miércoles, sería el segundo equipo en ganar cuatro títulos e igualaría al Sevilla. Por el contrario, si lo hacen los andaluces, no sólo se quedarían más solos al frente del palmarés con cinco éxitos, sino que romperían otra marca al convertirse en los primeros en ganar tres Copas de la UEFA-Europa League de forma consecutiva. 

lunes, 16 de mayo de 2016

UNA SOSPECHOSA SALVACIÓN

Julio Candela

El Sporting de Gijón certificó la permanencia en la Liga BBVA tras su victoria sobre el Villarreal (2-0) y la derrota (2-1) en el campo del Betis del Getafe, que acompaña en el descenso al Rayo Vallecano, cuyo triunfo ante el Levante (3-1) no le valió de nada.
Fue el fin de temporada perfecto para el Sporting. Dependía del Getafe. Necesitaba que no ganara en el Benito Villamarín y vencer al submarino amarillo. Y le salió todo redondo, máxime si se tiene en cuenta que el entrenador de su rival Marcelino García Toral reconoció querer al Sporting en Primera, y alineó un equipo flamante y novedoso, pleno de suplentes y que apenas si compitió en El Molinón, alimentando una vorágine de dudas y sospechas del todo fundadas.

Se adelantó rápidamente por medio de Jony Rodríguez (m.8) y el Getafe notó la presión. Al descanso la situación favorecía al Sporting, pero no era definitiva porque un gol del cuadro del argentino Juan Eduardo Esnaider le otorgaba la salvación.

En cambio, en el segundo periodo el Betis, que no se jugaba nada, como el Villarreal, acabó de un plumazo con las ilusiones getafenses y relanzó las sportinguistas con los goles del argentino Germán Pezzella (m.56) y de Rubén Castro (m.73, de penalti).

Sergio Álvarez amplió la cuenta del Sporting en El Molinón a falta de once minutos. Comenzó la fiesta en Gijón pese a que el Getafe quiso morir de pie y acortó distancias con un golazo de Álvaro Medrán (m.84).

El Getafe necesitaba un milagro de dimensiones estratosféricas. No llegó. Apenas tuvo opciones de revertir la situación y acabó por no aprovechar el depender de sí mismo para bajar a la Liga Adelante tras doce campañas seguidas en Primera.

Decepción, lágrimas y enfados en el césped del Villamarín y fiesta por todo lo alto en El Molinón, que al final vivió una invasión de su enfervorizada afición para disfrutar con una permanencia muy sufrida pero que se ha ganado con un gran valor y una plantilla llena de juventud e ilusión dirigida por Abelardo Fernández.

El Rayo, que dependía de que pincharan Getafe y Sporting, no falló ante el colista Levante, al que derrotó por 3-1, pero no le valió para alcanzar la permanencia.

Pablo Hernández y Jozabed Sánchez sentenciaron el partido pronto. El cuadro de Paco Jémez quedaba pendiente de que el Villarreal al menos sacara un empate en Gijón, pero no se dio el caso.

José Antonio García 'Verza' acortó distancias de penalti (m.60), pero el venezolano Nicolás Fedor 'Miku' rubricó (m.73) el triunfo del Rayo en su despedida de Primera, la victoria más amarga.

El fútbol madrileño, por lo tanto, perdió de tacada dos de los cuatro equipos que tenía en la Liga BBVA, aunque podría recuperarlos si el Leganés y el Alcorcón rematan una magnífica temporada en Segunda.

La Liga 2015/16 se cerró con la cara más dura, la de la amargura de los descendidos, y la más feliz, la del equipo que lograba la permanencia.


En este último día, el Málaga goleó a Las Palmas por 4-1 con un doblete del brasileño Charles y certificó la octava plaza, y el Espanyol también superó al Eibar por 4-2 con sendos dobletes de Gerard Moreno y Marco Asensio.

GANAR LA LIGA POR DOS VECES

El conjunto entrenado por Luis Enrique venció sin problemas en Granada para conquistar su vigésimo cuarto entorchado liguero después de haberlo tenido en la mano a finales de marzo

Antonio Blanca

Canaletas, plaza tectónica del sentir barcelonista, amanece inflamada de azulgrana en este crepúsculo del calendario futbolístico nacional. La delegación construida y patroneada por Luis Enrique, que enfrentaba este determinante sábado a un Granada bajo sospecha -de manera reiterada y a la sombra de la lupa de las instancias que miman la competencia en el deporte-, supo conducirse hacia el vigésimo cuarto entorchado liguero de la faraónica entidad catalana. Consiguió el técnico asturiano que su vestuario interiorizara la abstracción del ambiente que envolvía el envite postrero, inyectando a sus subordinados la motivación necesaria para conquistar la ciudad nazarí, con seriedad en el compromiso, sencillez en los propósitos y regusto en la ejecución. Sin escatimar y alineando a los titularísimos. Los goles (0-3) de Luis Suárez, que le convirtieron en pichichi con certificación oficial, con 40 dianas en el zurrón, cinco más que las acumuladas por Cristiano Ronaldo, y afianzó su ventaja en la brega por la Bota de Oro, vinieron a descorchar la gloria merecida para una plantilla que arrancó resuello, intensidad y finura a tiempo. Antes de que la apnea de rendimiento padecida, que nubló la perspectiva histórica de repetir trono en el Viejo Continente hasta convertirla en una tenebrosa ensoñación, contaminara todo el cuadro. Debía ganar un partido de fútbol. Y gozaba de la unicidad de su tesitura: con cumplimentar la exigencia endógena le bastaba, sin afligir su voluntad con las cadenas de la dependencia del rendimiento del otro gallo. Tal circunstancia condicionaba al Real Madrid, el inesperado aspirante sorpresa, que lució traje de gala, sudor y resolución en Coruña (0-2) en un esfuerzo que, lejos de significar futilidad, ahonda en el sustento de la autoestima de cara al baile milanés del 28 de mayo. Los urgidos tres puntos en liza, recolectados de forma simultánea por ambos colosos, cifraron el epílogo del torneo en una distancia de un punto (91 firmó el Barça y 90 el conjunto capitalino).

El paroxismo culé clausuró uno de los cierres del campeonato doméstico de resolución más equidistante que evocan los anuarios. El desamarre de última hora del Atlético, que restó compresión al tenso devenir que había confeccionado el renacimiento de la paridad entre los aspirantes -tras el monopolio incendiario desatado por el advenimiento del icónico tridente blaugrana en el pasado curso- y ascendido el nivel competitivo en torno al título hasta el pedigrí legendario con que se arribó a la trigésimo séptima jornada, regaló la escena al dúo cuyas inercias protagonizarían el relato del ejercicio 2015-16. Porque esta Liga que baja su telón remarcando el predominio barcelonés en el palmarés del presente siglo (ha alzado ocho de las 16 ediciones en juego, por cinco merengues, dos valencianistas y una atlética), con récord de goles del trío Messi-Neymar-Suárez en su dorada temporada (130), el subrayado de la tendencia que dictaba que el Barça nunca perdió el trofeo en la fecha final y con Jan Oblak emparejando el registro de Liaño como guardameta menos goleado en 38 partidos (18 veces recogió el cuero de sus redes el arquero gallego entre 1993 y 1994), premió la capacidad de supervivencia, en un paradigma de maltrecha regularidad, del púgil más consistente en la manutención temporal de sus presupuestos. Preponderó el afiance del diseño de plantilla e interpretación del juego y penalizó el proceso de asimilación y acomodo de las estructuras que quisieron insuflar renovado aire estival -o vendaval- en la transición entre ejercicios. Así, copó el liderato el club entrenado por el Lucho en 27 jornadas (en trazo ininterrumpido desde la vigésimo primera ronda), resaltando la coherencia en la confección de sus peones y los roles consiguientes, quedó apeado el bipolar desempeño madridista, de turbulento recorrido, y se le escapó la guinda de entre las cenizas del fragor de laboratorio al escuadrón de Diego Pablo Simeone, defensa más granítica de Europa, que concluyó con triunfo casero ante el Celta y un soberbio y pionero currículo de 24 duelos competidos sin encajar goles, además de una relación descriptiva en sus derrotas: en los seis fracasos cedidos cayó por un sólo gol de diferencia.

Barcelona, Real Madrid y Atlético, ilustre podio que pinta los matices estilísticos en los que navega el reluciente éxito del balompié patrio en el escaparate internacional -en una escala pendular que va desde la ortodoxia ofensiva, el híbrido de corte vertiginoso y el regreso al enriquecido rigor defensivo-, esbozaron trayectorias antagónicas a lo largo del viaje, fruto de las decisiones remachadas hasta agosto de 2015. Así, la continuidad catalana se desmarcó de la vuelta de tuerca colchonera y el viraje, con aspecto de metamorfosis, adoptado por la esfera dominante en Concha Espina.

Al tiempo que las oficinas de Can Barça se veían constreñidas a limitar su enfosque de las oquedades del vigente campeón de todo -que tragó sólo un imprevisto en su paseo triunfal, en la Supercopa de España y con Aduriz uniformado como gudari futbolístico- a las incorporaciones de Arda Turan y Aleix Vidal (dos transacciones desprovistas de legitimidad práctica que tradujeron el bagaje del banquillo catalán, tétrica lesión de Rafinha e irrupción de Sergi Roberto mediantes, hacia una tendencia al vacío de contenido que elevaría sobremanera la exigencia jurisdicción del once arquetípico), la ribera del Manzanares asistió a un salto de página: el libreto del Cholo habría de localizar espacios de acomodo para el desembarco de la calidad de nuevo cuño. Óliver, Vietto, Carrasco, Correa y Jackson fichaban cada mañana en el Cerro del Espino, ocupando los escaños de elementos divergentes como Mario Suárez o Raúl García. Apostó el club indio por incluir el cortejo de la pelota como una herramienta central y desterrar la concepción accesoria protagónica hasta entonces, y el proceso de aprehensión se activó con la templanza, denodada pasión por el estudio y laboriosidad característicos. No iba a resultar sencilla la maniobra de mutación, pues “la identidad no se negocia” -según verbalizó el acompañante de Germán Burgos en el timón rojiblanco-. Tardó en tomar altura, pero, en el entretanto, Antonine Greizmann (que daría carpetazo a su ficha con su marca más redonda anotadora, los momentáneos 32 goles), Saúl, Yannick y el efectivo retorno de Filipe Luis sostenían el puntaje de los suyos. A la espera de que la receta alcanzara un punto de cocción que, al fin, se destaparía en un 2016 que les ha disparado hacia su segunda final de Liga de Campeones en tres años. Amaestrando a Barcelona y Bayern de Munich. Con más variantes nominales (Augusto, Kranneviter, Lucas, Thomas y Fernando Torres) y estratégicas. Sin embargo, el crecimiento bajo los fogones pacientes y meticulosos de Simeone no estiró su rédito más allá del objetivo grabado como mantra a comienzos de la carrera: el tercer puesto quedó autografiado con un buen puñado de semanas de antelación (y un abismo de 21 puntos para con el cuarto clasificado, el brillante Villarreal).

En un distrito más condecorado y norteño que el que acoge al Atlético, el Real Madrid decidió que Rafa Benítez tomara posesión para “curar los vicios heredados” de una plantilla que se había desinflado de indolencia y desatención a lo colectivo en el último estertor del mandato de Carletto, y que ya no se despegaría de la latente sensación de sospecha. Ni siquiera ahora que saborean la presunta antesala de la Undécima. La ruptura de líneas y la agrietada vigilancia de la espalda propia sangraba, de forma impía, el buqué de la candidatura capitalina. Así, ante la imposibilidad de revertir el ánima, lo inesperado aconteció de manera sistemática hasta convertir esa acepción en sistémica, en paradigmática de la temporada en su conjunto. La aridez con la que algunos pesos pesados transigieron con la regresión a sistemas más enfocados al equilibrio y la evolución a partir del repliegue que al mandato anárquico de la improvisación ofensiva como ecuación global, convulsionó la temperatura del vestidor. En dirección antitética con la congruencia entre el aparataje filosófico del cuerpo técnico y el de los futbolistas que deleitaba el silente desarrollo de los otros dos pretendientes del éxtasis final, se desplegó en Valdebebas una soberana guerra de guerrillas, con trincheras intestinas y externas, sabotajes en todas direcciones y dialécticas alejadas de la placidez buscada en la firma del técnico campeón de Europa con el Liverpool. Los guarismos, menos pomposos de lo reclamado extramuros, aliñaron un hirviente plato abrasivo que encontró en Benítez el sujeto pasivo. La víctima propiciatoria. Los jugadores ganaron una batalla ideológica que parecería condenar, en enero, cualquier atisbo de horizonte pomposo. El cambio de entrenador en pleno transcurrir, propio de empresas infructuosas adolecentes de sutura provisional, designó el debut de Zinedine Zidane como la tirita que salvara el tipo, la honra aristocrática maltratada por la relación de fuerzas que se hizo notoria con el affaire Mourinho-Casillas, y, de paso, transmutara en válida la teorización de la exigente Copa de Europa como clavo ardiendo. Como flotador que disimulara un naufragio del que no escapaba ni la zona noble ni la hierba.

Se propuso el técnico galo “intentar hacerlo lo mejor posible” en su presentación, con tímido tono y sonriente promoción de una ilusión, entonces, impostada. Acudió el acuciado mandatario a Zizou, el simbolismo ganador madridista personificado, para reenganchar a la tribuna, al palco y al vestuario con lo identitario de la entidad. Con el fin, en segundo término, de congraciar a todos los actores envueltos en un epílogo sobre el que el entrenador extremaba su economía del lenguaje para prometer que “lucharían hasta el final”. Pues bien, sobre los cimientos de un replanteamiento físico, la probatura de la mezcla de piezas en la medular, algún que otro rapapolvo dialéctico de puertas para dentro susurrado en público y la digestión de las repetitivas lesiones de alfiles nucleares, el Madrid del elegante mediapunta metido a preparador interino fue ganando confianza en casa y seriedad a domicilio. Granjeándose callo en visitas que dejaron sangre y costra. Todo ello hasta alumbrar el término medio aristotélico, teatralizado en el ascenso de Casemiro a ancla indispensable. La asignación de secundario irrebatible al carioca de oscura y eficiente labor victimizó a la calidad técnica de artistas como Isco y James. En una directriz rebosante de valentía.

Entre los ecos de los vociferantes altavoces integristas de la concepción frugal y ofensiva de este deporte, henchidos con la cabeza de Benítez, Zidane narró sus primeros renglones de autoridad. Lucas Vázquez, Jesé, Danilo, Nacho, Kovacic y Pepe se subieron al galope de la inercia, en un dibujo que propulsaba la potencialidad de Modric y Kroos, situados, al fin, en sus espacios naturales. Fuera de los correajes del mediocentro que no eran y habían sido forzados a ser. El repunte goleador de Benzema (24 dianas), de la influencia jerárquica de Bale, de la propulsión autogenerada de Marcelo, Carvajal, Ramos y Keylor Navas y el escorzo decisivo de un Ronaldo que gritaba respeto a comienzos de año y sonreía reconocimiento a finales del curso, coronaron un paisaje que cuajó la mejor versión madridista en el cierre de temporada. Con doce triunfos concatenados en los últimos eventos del calendario liguero (36 puntos sobre 36, récord de otra era futbolística que retrotrae a los años 50), la certificación de la séptima edición del campeonato consecutiva en que pone broche a la cosecha con la centena de goles acumulados (hito que cuenta con la persecución del Barça, que alcanzó su quinta acumulada) y la sexta ocasión en que el cuestionado delantero luso, de estadística hipertrofiada, descerraja lanzamientos que besan las mallas contrincantes más de 30 veces. Lo que se antojaba como un paréntesis de transición en la inauguración del ejercicio, y que hubo de ser repensada en el ecuador del mismo, ha apurado cada pulgada en disputa para cobrar estatus, presionar a su eterna némesis y, quién sabe si estableciendo un nuevo estándar en lo que a renacimientos deportivos se refiere. El totum revolutum desatado se descubrió desanudado, para sorpresa de propios y extraños, sin suponer un retraso irresoluble para el acometido de los anhelos merengues. Aunque los fantasmas no hayan cicatrizado. Del todo. La rosa que floreció entre el fangoso empedrado alude, en estos días de entreguerras y arranque de la fiscalización estacional, al posible brote de la contratación de un nuevo entrenador oficial, de pleno derecho y potestad, para el transatlántico madridista. Llamado Zinedine Zidane.

El campeón, de resaca recién sembrada, llegó a la orilla por mor de la continuidad, reafirmación y profundización de la fórmula y ecuación que les lanzó hasta hacer cima con el triplete de 2015. Abrió fuego la travesía barcelonesa tomando el rebufo del fútbol madrileño hasta adoptar el carácter monopolizador reconstruido por Luis Enrique. Refrescó el equipo culé la verticalidad e intensidad sin pelota, enseña diferencial del legado de Lucho en el intervalo post-Guardiola, dispensando una solidaridad de empeños que redundaba en la cohesión grupal, regando el pentagrama para que la calidad ejerciera su rítmica exquisitez y patrocinara la deflagración que encontró a esta edición del Fútbol Club Barcelona aposentado en la excelencia. De nuevo. Arrasando y ofreciendo una amalgama delicada de registros imponente, que tocó techo con el récord de goles anotados en un año natural, cifrado en 180 tantos en 65 partidos (superando la marca del Madrid de Ancelotti, que alcanzó los 178), conquistó el Mundial de Clubes con suficiencia y rozó el nirvana circundado los 40 partidos consecutivos sin morder el polvo que marcó el Nottingham Forest en los 70. Fueron 39 los duelos amontonados, cuya frontera se topó en el punto de inflexión que revolucionaría el interés competitivo de la pugna por el alirón.

La vuelta del Clásico (venganza del 0-4 que aceleró el paso de los blaugrana en la primera vuelta) cortó la ráfaga antes de que degustara lo histórico y terminó por significar toda una afrenta que activaría la introspección que deshilachó el itinerario sobresaliente catalán. El Madrid, desterrado en las predicciones, remontó para imponerse en territorio comanche por 1-2. Con uno menos tras la expulsión de Ramos. La catarsis madridista recibió el diagnóstico posterior de Gerard Piqué, profundo conocedor de los automatismos espirituales de su nido: “Hay que seguir adelante. Que no nos caigamos, que no caigamos en un bajón, porque estamos en una posición única y tenemos que seguir adelante”. No obstante, el golpe consiguiente a saberse 13 puntos por delante de los perseguidores, de manera virtual y después del gol inicial del central-portavoz, y no llevar nada a la boca al final del día más que el amargo sinsabor inherente a caer frente al enemigo, concebido en plano inferior, precipitó una debacle anatómica, de confianza, lucidez con balón y ardor en el repliegue, que esfumó el colchón en cuatro jornadas.

Tan sólo las dolorosas tablas en el trompicado derbi ante el Espanyol -que supuso una tormenta hiperbólica que empapó al camarín perico- se había cruzado en el devenir convencido del líder, pero la derrota ante un Madrid en rehabilitación, precedida por el 2-2 con perfume a derrota experimentado en El Madrigal, dio paso al apagón generalizado que contempló los fracasos en Anoeta (0-1), en la recepción del irregular Valencia (1-2) y en el cruce continental frente al Atlético. La inquietud quedó instalada, en una brecha de rendimiento cada vez más angustiosa, y el gigante azulgrana requería una reacción que relativizara la depresión post traumática (identificada en la negación de destacarse como un bloque único en el escenario mundial, repitiendo gloria en la Champions League). El técnico asturiano buscó una suerte de entente cordiale con sus pupilos, para alcanzar el rebate de la zanja resultadista acontecida, y el Barcelona empezó a jugar por reclamar el respeto a su ascendencia, contra la tenue imagen mostrada. Y la exuberancia previa recobró vigencia y escena, con Suárez en papel ejecutor y Messi, parado dos meses y afianzado en las atribuciones creativas del mediapunta, volvería a gobernar los partidos de la recta final con deliciosa visión y ejecución. Entre ambos se repartieron los elogios (imaginaron un penalti indirecto que rindió homenaje al eterno Johan Cruyff) y los réditos estadísticos (con 15 pases de gol por barba, máximos asistentes). Se sobrepuso el flamante campeón a sus demonios, con un final de trayecto rutilante que desencadena la sexta rua victoriosa por las calles de la Ciudad Condal en los últimos ocho años. Mereció el entorchado la consistencia más estable del ganador, que sólo desnudó sus costuras en un trance escueto, a pesar de verse limitado por el deficiente fondo de armario. Grita con justicia el barcelonismo en este ilustre oasis de celebración antes de la traca colosal de finales que se avecina.

"Estamos en una dinámica ganadora", reconoció el preparador barcelonista minutos después del término del curso, hecho por el que pidió "disfrutarla y valorarla, ya que cuesta mucho ganar títulos". "Aunque haya mucha gente que está mal acostumbrada", sentenció como despedida a un intenso y prolongado sendero que confluyó en la agonía del combate a tres. El año uno después de la retirada competitiva de Xavi Hernández se salda sin variación en el trono nacional. Iniesta, la otra pata de la leyenda y pieza esencial en el desengrase coral, redondeó sus vitrinas con su trigésimo título.

jueves, 12 de mayo de 2016

EL CAPITÁN EN LA SOMBRA

Álvaro Arbeloa jugó el pasado domingo su último partido con la camiseta blanca y se llevó un merecido homenaje de sus compañeros y afición con un Bernabéu rendido a sus pies

Antonio Blanca

El lateral derecho salmantino y canterano nunca ha destacado en el Real Madrid por sus condiciones físicas o su calidad técnica y, sin embargo, la afición le ha despedido como a un grande de la historia del club, porque el coliseo de Chamartín reconoce también cualidades como la entrega, el compromiso o el compañerismo. Álvaro Arbeloa disputó el domingo pasado sus últimos minutos como jugador blanco y cuando saltó al campo Sergio Ramos tuvo el bonito detalle de cederle el brazalete que nunca portó pero que, sin duda, mereció, una capitanía que ostentó ejerciendo de defensor del Real Madrid cuando recibía o recibe ataques desde distintos flancos.

Arbeloa ha sido durante mucho tiempo el capitán en la sombra, ha sabido entender mejor que nadie su rol en el vestuario y ha puesto siempre los intereses del equipo por delante de los suyos personales. Muchos canteranos le han considerado un espejo en el que mirarse por su trayectoria y por su dedicación en el día a día. “Gracias por todo lo que me has enseñado en estos años”, le decía Dani Carvajal entre lágrimas, su sucesor en el lateral. La humildad de Arbeloa era necesaria en un vestuario plagado de estrellas. Era él quien ayudaba a los jóvenes a integrarse en la plantilla y era él quien les recordaba que todo puede conseguirse con trabajo y esfuerzo.

Como buen capitán, Arbeloa ha sido en muchos momentos portavoz del vestuario, dando la cara en la derrota, reflejando el sentir madridista y defendiendo al equipo de ataques del exterior. Fue muy comentado su rifirrafe con Gerard Piqué. El’ 17’ blanco no se arrepiente de haber contestado a las burlas del jugador del Barça porque siempre lo hizo con educación. “He defendido al Madrid y la manera en que lo he hecho ha sido respetuosa”, declaraba Arbeloa en una entrevista concedida a la Cadena Ser.

Por todo ello ha llegado a ganarse el cariño de compañeros, entrenadores y aficionados. Por defender un escudo con compromiso y lealtad, por identificarse con los valores de un club y aportar lo mejor de sí mismo en todo momento y lugar. La despedida de Arbeloa fue bien merecida aunque a él le pareció, incluso, exagerada. Otra muestra más de humildad por parte del capitán.

Seguro que un día no muy lejano Arbeloa regresa a su casa, con su familia, para ejercer de portavoz, de entrenador, director deportivo o quién sabe si llevar desde la cúspide el club de sus amores, la presidencia del Real Madrid. En cualquiera de ellos, lo hará a la perfección. 

lunes, 9 de mayo de 2016

ÚLTIMO MANO A MANO

El Barcelona tiene tres cuartos de Liga que deberá certificar en Granada quedando a la espera el Madrid que deberá ganar en Riazor

Antonio Blanca

Si al Real Madrid a mediados de marzo tras caer en su propio estadio en el derbi de la capital de España y quedar a doce puntos del líder (cuatro partidos), le dicen que va a llegar al momento clave de la temporada, a los últimos noventa minutos con opciones (remotas) de levantar el entorchado de la BBVA le toman como mínimo por ebrio o loco. Pues ese hecho estrambótico e inesperado se vivirá el sábado catorce de mayo a las cinco de la tarde. Los de Zinedine Zidane saltarán a Riazor con opciones de poder llevarse la Liga. Para ello el Barça que la tiene en la mano tendrá que empatar o perder en el Nuevo los Cármenes de Granada, algo que se antoja más que complicado puesto que los andaluces lograron salvarse ayer goleando al Sevilla y ya no les va la vida en ello, cosa que a los de Luis Enrique sí. La terna de aspirantes ayer se quedó en mano a mano dado que el Atlético contra pronóstico marró en el Ciudad de Valencia ante el descendido Levante y ya solo le queda pensar en la final de la Champions League, que desde luego no es poco.

El Atlético de Madrid se despidió de la lucha por la Liga al caer por 2-1 ante el Levante en el Ciudad de Valencia. Un tempranero gol de Torres apenas comenzado el encuentro daba esperanzas a los rojiblancos, pero Vïctor Casadesús hizo la igualada a la media hora. A pesar de estar obligado a ir a por el partido, los del Cholo Simeone fueron incapaces de generar inquietud en la portería de Mariño. En el miuto 90 un contragolpe de los azulgrana culminado por Rossi evaporó las opciones del Atlético por seguir luchando por la Liga.

El Barcelona, que afrontaba en el Camp Nou el derbi de la Ciudad Condal frente al Espanyol, solventó con holgura un más que tenso partido en el que el juego duro cobró excesivo protagonismo. Messi abrió el marcador en el minuto 8 y ya en la segunda parte, en medio del festival de faltas, Suárez sentenció con dos tantos que le mantienen como líder del pichichi con 37 dianas mientras que Rafinha y Neymar se sumaron a la fiesta anotadora para sellar el definitivo 5-0.

Quien sí aprovechó el tropiezo de sus vecinos fue el Real Madrid, que tras su triunfo ante el Valencia por 3-2 se aupó hasta la segunda plaza. Los tantos de Ronaldo y Benzema en la primera mitad llevaron la tranquilidad al Bernabéu. Ya en la segunda mitad, André Gomes anotó a los diez minutos pero poco después fue Cristiano Ronaldo quien volvió a anotar para dejar encarrilada la victoria pese a que Casilla se convirtió en protagonista al erigirse como muro en el que se chocaba el Valencia, aunque poco pudo hacer ante el golazo de Gomes desde la frontal con el que se cerró el partido.

De esta manera, a falta de una jornada para la conclusión del campeonato, el Barcelona se mantiene líder de la Liga BBVA con 88 puntos, pasando el Real Madrid a la segunda plaza con 87 y quedando ya el Atlético descartado en tercer lugar con 85 puntos. En una última fecha de infarto, el Barcelona visitará Granada y el Real Madrid viajará hasta A Coruña para enfrentarse al Deportivo. Por su parte, el Atlético de Madrid recibirá en el Calderón al Celta de Vigo.

En la lucha por evitar el descenso, elGranadaa seguró este domingo su continuidad un año más en Primera división tras imponerse con contundencia al Sevilla en el Sánchez Pizjuán por 1 a 4.

Ahora, entre Rayo (penúltimo con 35 puntos), Sporting (antepenúltimo cerrando el descenso con 36 puntos) y Getafe (salvado de momento con 36) sólo se podrá salvar uno.

El Sporting se las prometía muy felices con el tanto de Sergio Álvarez en el minuto 50 que les daba el triunfo por la mínima en la “final” contra el Getafe, pero Scepovic, anotando a diez minutos del final, definió el empate que vale a los azulones para mantenerse fuera de los puestos de descenso. El Rayo, por su parte, cayó en Anoeta por 2 a 1 frente a la Real Sociedad.

En los cruciales últimos duelos, el Rayo recibe en casa al colista Levante, el Sporting al Villarreal y el Getafe viajará hasta Sevilla para medirse al Betis.

domingo, 8 de mayo de 2016

CON AQUEL "TAMUDAZO" EN EL RECUERDO

Carlos de Blas

La historia es de sobra conocida. Un 9 de junio de 2007 el Barcelona se plantó en la penúltima jornada ante el Espanyol igualado a puntos con el Real Madrid y todo acabó en drama en el Camp Nou gracias a un gol de Raúl Tamudo que a la postre haría al conjunto blanco campeón.

Todo sucedió hace nueve años pero la situación en la que llegan los tres candidatos a la penúltima jornada es similar. En aquel campeonato Real Madrid y Barcelona encararon la jornada como colíderes con 73 puntos y el Sevilla como tercero en la tabla con 71. Algo parecido a lo que ocurren en la presente temporada donde Barcelona y Altético (85 puntos) son colíderes y el Real Madrid (84) es tercero a un punto.

Y para más inri el Espanyol volverá a cruzarse en el camino del Barcelona. Como en 2007. En aquella tarde-noche, que será recordada para siempre en los libros de historia del fútbol español, sucedieron cosas increíbles.

En el minuto 88 de la conclusión de los partidos el Barcelona ganaba su partido y el Real Madrid tropezaba pero en 30 segundos todo cambió. Un gol de Van Nistelrooy puso las tablas en el marcador en la Romareda y en el mismo minuto el sonido de los transistores apareció desde Barcelona para informar de que Tamudo marcaba un tanto decisivo que hacía al Real Madrid virtual campeón. Los de Capello se harían con el título de Liga una semana después tras vencer al Mallorca (3-1) en el Bernabéu con remontada incluida. 

El Barcelona es el único de los tres equipos que luchan por la liga que puede ser campeón esta jornada. Una victoria de los culés en el derbi sumado a una derrota del Atlético de Madrid y un empate del Real Madrid haría a los de Luis Enrique campeones.

Luis Enrique Martínez, negó que exista una "situación delicada", antes del encuentro de la penúltima jornada de Liga BBVA en la que el líder recibirá al Espanyol en el derbi barcelonés en el Camp Nou (17.00 horas), dependiendo de sí mismo para proclamarse campeón, si vence en las dos jornadas ligueras restantes, e indicó que el 'Tamudazo' que les costó la Liga en 2007 no le interesa "lo más mínimo".

El conjunto perico acude al derbi después de la polémica suscitada en los anteriores enfrentamientos de Copa del Rey y Liga BBVA donde Piqué faltó el respeto a la afición españolista.

De los tres aspirantes el Atlético de Madrid es el equipo que a priori tiene un partido más asequible. Después de meterse en su segunda final de Champions en tres temporadas, el conjunto de Simeone se enfrenta a un Levante que certificó su descenso a la Liga Adelante el pasado lunes tras caer ante el Málaga con un gran polémica arbitral. 

"Nuestro entusiasmo, ilusión y perseverancia en busca de llegar con opciones hasta la última jornada siguen intactos. Me imagino un Levante competitivo, con deportistas compitiendo de la mejor manera contra un rival importante como el Atlético de Madrid", declaró el técnico en la rueda de prensa previa al duelo.

En el camino del Real Madrid hacía el pleno en Liga aparece un Valencia que ha puntuado en sus últimos enfrentamientos en el Bernabéu. En la temporada 2011-12 sacó un 0-0, en la 2012-13 empató (1-1), en la 2013-14 también hubo tablas (2-2) y el año pasado el equipo de Ancelotti dijo adiós a dus opciones de Liga tras otra igualada a dos.


"Llevamos diez partidos seguidos ganando. Los que nos quedan son como dos finales de Liga. Sabemos que estamos un punto por detrás, el objetivo era alcanzar al segundo, somos capaces de hacerlo. Mientras queden minutos tenemos que creer en nuestras posibilidades", declaró un Zidane que podrá contar con Casemiro y Benzema pero no con Bale y Navas.

CARTA DE JOSÉ MOURINHO A ÁLVARO ARBELOA

Pasión, Humildad y Honor

Arbeloa es un amigo, no es sólo un jugador para mí. ¿Por qué razón un jugador se transforma en un amigo? Por ser un ejemplo de pasión por su profesión, de amor por su club, de dedicación a un grupo de trabajo y a sus objetivos, de la humildad y el honor en la relación con todos los que trabajan con él día a día.

En la historia de nuestro gigantesco club pasarán muchos de los mejores jugadores del mundo. Arbeloa no tiene ese perfil tan alto, pero es seguramente uno de los que ha dado al Real Madrid, a sus aficionados, a todos sus entrenadores y a todos sus compañeros todo lo que tenía y lo que no tenía.


Yo para Arbeloa sólo tengo palabras de agradecimiento. En mis 16 años de entrenador lo tengo, seguramente, en el podium de los jugadores más importantes con los que he trabajado. Un buen jugador y un hombre excepcional.